18 dic 2009
SMS... Reencuentro
"Deseo saludarla...
como esta?
Artur"
Gisela estaba ensimismada, mirando atentamente al monitor mientras comprobaba los resultados de la configuración que acababa de realizar en este nuevo equipo, cuando llegó ese inquietante sms a su teléfono... Distraídamente tomó su “celu” y leyó el saludo...
"Artur?" No, no podía ser él pues hacía ya tanto tiempo que habían perdido la comunicación. Además en el transcurso, ella había cambiado de lugar de trabajo, de número de teléfono... ¿Quién era pues? Últimamente se había hecho muy desconfiada y si no le quedaba claro el remitente, solía ignorar los mensajes, aún a riesgo de causar el enojo de algunos de los usuarios del Local a quienes daba su tarjeta de contacto por si necesitaban más información acerca de su trabajo.
Decidió contestar cautelosamente:
-"Hola! tanto tiempo! ¿cómo ha estado?"
-"Muy bien. Si que ha pasado el tiempo"
Estas palabras todavía no le decían nada concreto como para saber que efectivamente si era él, así que, con una levísima esperanza de que asi fuera, se aventuró a escribir:
"y... qué pasó siempre con aquella consulta con el médico?"
Recordó que la última vez que habían conversado, él le contó de algunos problemitas de salud y que iría a consultar el siguiente lunes con el médico.
"Ah, bien. Cada mes lleva el control de mi glucosa y presión"
Mmm... si! eso ya le pareció más familiar.
Lanzó una tentativa arriesgada:
"Me alegra saber que estés bien. Extrañé saber de ti"
Entonces fue él quién retrocedió cautelosamente:
"Gracias por contestarme pero tú no eres Gisela"
Sí! Reconoció esa forma tan suya de él para manejarse con una fría prudencia... Ahora ella se lanzó de lleno con el siguiente mensaje juguetón:
"Ah, no? entonces si no soy tu Chapis, tu no eres pues mi Artur el besucón"
Pasaron un par de minutos que a Gisela le parecieron eternos, antes de que el celu vibrara anunciando un nuevo mensaje.
"Ah, si eres Tu.
Necesitaba tanto saber de ti.
Nunca he dejado de quererte"
Gisela dio un respingo… Sí, al fin! Ella que llegó a creer que nunca más se encontraría con él y que ya hasta se había resignado a conformarse con los delirios de sus recuerdos, y a la vez repitiéndose día tras día que ya era hora de que se olvidara de esos delirios, de esa necesidad que le hacía arder la sangre nomás de pensar en sus besos... esos besos arrebatados, locos, salvajes! que le dejaban palpitando deliciosamente los labios hasta mucho después de cada uno de sus furtivos encuentros.
. . .
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